Desde
ayer domingo que tengo una crónica dando vueltas en mi cabeza.
Ya
me olvidé la mitad de las ideas brillantes que había elaborado, y
casi la totalidad de la otra mitad ya la dijeron otros y otras, así
que lo que escriba será un residuo, suma de lo que quede de mis
recuerdos y lo que aún no se haya dicho (o yo no haya leído,
escuchado o visto)
Antes,
una aclaración: no he sido ni soy una seguidora fiel del Indio
Solari. Tengo ¡casettes! de los Redondos, que guardo con otras
reliquias, y escuché siempre con gusto sus temas más afines a mis
posiciones políticas, pero nada más. Comencé a conocer de otro
modo al Indio de la mano de la investigación sobre la Masacre en el
Pabellón Séptimo. Ni siquiera recordaba ese tema en particular, en
el que toma las palabras de un sobreviviente (Horacio Santantonin),
escritas por su abogado Elías Neuman en el libro "Crónica de
muertes silenciadas", uno de los libros que iluminaron mi
decisión de hacer algo para que ese crimen no quedara impune.
Mucho
menos conocía "Toxi taxi", dedicado a su amigo muerto en
el Pabellón Séptimo, Luis María Canosa.
"Olavarría"
fue el segundo recital del Indio al que fui. El primero fue el de
Setiembre de 2013, en el Hipódromo de San Martín, a 50 kilómetros
de la Ciudad de Mendoza. Como la felicidad de tener a tu hijo/a en
los brazos te hace olvidar de los dolores del parto, el hecho
increíble, conmocionante e inesperado de que el Indio me nombrara
(bueno, dijo Cefaroni, pero se entendió...), y hablara del
libro que recién había editado, e invitara a comprarlo y leerlo
para "entender las verdaderas razones de esta masacre",
hizo olvidar las más largas horas de congelamiento que haya vivido o
que recuerde haber vivido. En Gualeguaychú estuve en la ciudad con
un sobreviviente de la Masacre para presentar el libro, pero no
estuvimos en el concierto. Vivimos el clima ricotero, repartimos
volantes, contamos la historia a quien se interesara, y nos fuímos.
Fui
a Olavarría con una "amiga de facebook", en mi auto. Mi
hijo iba con sus amigos, en otro. Compañeros y compañeras de
trabajo, por su lado. Compañerxs, conocidxs, amigxs, por otros.
Gente que quise, gente que quiero, en auto, micro, moto. Gente que no
conozco orientándome vía tuiter o fb sobre el mejor camino para
llegar (Ruta 3, llena de camiones, pero más corta. Ruta 205/51,
menos camiones, pero más larga. Finalmente, optamos por esta)



Llegamos
el sábado a Azul a las 4 de la tarde más o menos. Tuiteé y saqué
fotos del embotellamiento. Alguien me dijo: "paciencia que te
falta poco". Son unos 50 kilómetros hasta Olavarría. Tardé 3
horas, por la ruta 226. Me crucé con un auto lleno de compañeros,
alegría, dedos en V, vamooo. Había felicidad, a pesar de la lluvia
inquietante (con mi compañera de viaje pensábamos en el barro, en
el seguro lodazal que se estaría produciendo en el campo donde se
haría el recital, en la incomodidad, en no poder sentarse en el
piso, etc), la marcha detenida y kilométrica, las ansias de llegar
de una vez.
Primera
falla organizativa: pasando Cerro Negro, a poco de arribar a
Olavarría, un cartel indicaba que a 3 kilómetros estaba el
"Estacionamiento oficial". Sin embargo, veíamos que la
gente empezaba a estacionar en el espacio que separa una mano de la
otra, sobre la misma ruta. Avanzamos un poco más, y vimos que
algunos autos volvían. Preguntamos a alguien: "Es que ya no hay
lugar", nos respondió. Entonces, hicimos lo que vimos que todos
hacían: dejar el auto. Pensamos que caminar 3 kilómetros no era tan
grave. Como a todos lados que voy, quise que me acompañara el reclamo por la libertad de Milagro Sala, y nuestro trabajo militante sobre la Masacre en el Pabellón Séptimo.
Estacionamos, bajamos, comimos algo. Me encontré milagrosa y
amorosamente, entre decenas de miles de personas, con mi hijo y sus
amigos. Lo abracé fuerte, hicimos fotos, les doné lo que me quedaba
de víveres, me preguntó si estaba borracha, le dije que no, le hice
recomendaciones, nos separamos, empezamos a caminar.
¿Qué
hizo el Pro? Una aplicación para tu celular.
Al
llegar a Olavarría, los celulares dejaron de funcionar. Como no
funcionan en una marcha más o menos numerosa, en la CABA. Habrá que
pensar en modos de organizarse pre-celulares. A mí, que soy del
siglo pasado, me gusta la idea de recuperar la puntualidad de las
citas, el respeto a los horarios, los puntos de encuentro fijados de
antemano. Pero quizá sea una batalla perdida, y habrá que reclamar
más antenas (no sé, técnicamente, si es posible hacerlo en un caso
como este, en el que llegan a una ciudad el doble de personas que las
que la habitan cada día) O, mejor todavía, que vuelvan los teléfonos públicos, esa antigüedad perdida de un modo que solo se explica por la codicia empresarial.
Entonces,
lo único que había hecho la intendencia de Cambiemos, una
aplicación sobre el recital llamada "Indio en Olavarría",
no sirvió para nada cuando más falta hacía algún tipo de
información. En vez de celulares inútiles podría haber habido
carteles, volantes, personas identificadas (no policías, que no
hacían falta, porque el clima era de absoluta alegría y
fraternidad) que orientaran, puestos con agua fría y caliente,
mapas, tachos para la basura, lugares para cargar los celulares y
usar wifi, baños químicos, puestos sanitarios. ¿Recuerdan los
actos del Bicentenario, o del 25 de mayo de 2015? Algo así.
El
Pro y toda su gente no saben organizar nada masivo con servicios
gratuitos. No sabe o no le sale o no le importa.
Entonces,
Olavarría se transformó en un meadero y un basural a cielo abierto.
Ya me imagino las fotos del domingo y el lunes, comentaba yo: miren
lo que hacen estos bárbaros. No me imaginé que además morirían
dos personas, y todxs nosotrxs seríamos llamados "sobrevivientes".
Entonces,
ante la falta absoluta de orientación, la marcha fue siguiendo a los
que iban para el lado donde presuntamente estaba el campo La Colmena.
Pensábamos que serían los 3 kilómetros del único cartel visto, y
comenzamos a caminar.
Al llegar a una avenida, le preguntamos a un
policía que ordenaba un poco el tránsito "3 para allá y
después otros 3 para allá", dijo. Eran kilómetros, ya
habíamos caminado más de uno. ¿Nos está cargando?, nos
preguntamos. No, lamentablemente, aunque sonreía con algo de sorna.
Sacrificarse
Antes
del policía, cuando consultamos a qué distancia estaba el campo a
algunos de los asistentes, la respuesta era "son varios
kilómetros, pero no importa"; y el tono parecía decir "si
no lo gusta vaya al teatro a ver a Arjona". Cuando ya llevábamos
varios kilómetros hechos, una piba se quejaba del cansancio. La
madre le decía "vos sabés que esto es así, si no te gusta, no
hubieras venido, no te quejes".
La
idea del sacrificio aparece a menudo. En la militancia, también.
Recuerdo una consigna que voceábamos en Nicaragua: "Sin una
juventud dispuesta al sacrificio, no hay Revolución". Hay
decenas así. No juzgo, no analizo. Solo dudo sobre el sentido y la
literalidad.
Algo
del sacrificio, de bancársela, del aguante. Nos bancamos cualquier
cosa en la cancha, en un recital. Hay que mearse encima, o pagar 10
pesos para entrar en un baño inmundo en una casa, si sos mujer (si
sos varón, meas en la calle, en las casas, en los parques, donde
pinte). Hay que ir a baños inmundos en la cancha. Hay que bancarse
los palazos de la policía, antes de entrar a ver a tu equipo, o al
salir. Hay que caminar sin saber siquiera cuánto tenés que
caminar, ni para qué lado, solo seguir la marea y hacer cosas
absurdas como subir a un terraplén escarpado, o atravesar calles
angostas, con autos estacionados, puestos de chori y birra a un lado
y el otro, para dar vueltas y vueltas y dar a otra calle y a otra
más, llena de vendedores de todo lo que se pueda vender con la
imagen del Indio o con olor a comida o a alcohol, hasta llegar a otro
lugar absurdo donde una fila de gente respetuosa espera poder comprar
su entrada de último momento, y unos pibes venden algo que dicen que
también es una entrada, sin mucha suerte.
Asfixia
Estuve
a punto de morir apretujada o asfixiada varias veces, o eso creo. La
primera, en diciembre de 1977, fue en Panamá. Yo estaba en casa de
mis tíos, y llevé a mis primos más chicos a ver el estreno de La
Guerra de las Galaxias. Casi los pierdo a ellxs, y me aplastan a mí.
La
segunda, el día que ganamos el Mundial '78: yo tenía 15 años (era
punible para la época, ahora que me doy cuenta), y me fui con mi
hermano de 21 al Obelisco, trepada en el Roca desde Bernal. Corrí
riesgos en el mismo tren, de caer a las vías, y en algún lugar de
la Capital Federal, aplastada contra las rejas de una boca de Subte.
Recuerdo el terror y la desesperación. No sé cómo salí de ahí.
La
tercera, un día que fui a ver a River con mi hijo chico y un amigo,
a la cancha de Vélez. Si River ganaba era campeón, y le ganó 3 a 0
a Ferro. En uno de los goles, nos aplastaron contra el alambrado.
Quizá no fue tan grave, pero recuerdo la desesperación por Ernesto
y Sebi, y el terror de que les pasara algo.
Y
en decenas de marchas aprendí a irme un poco antes que el resto, o a
ponerme en un costado, aunque viera o escuchara menos, para evitar la
sensación horrible de la falta de aire y el no saber para dónde
salir.
El
sábado tuve miedo en algunos de los embudos que se hicieron en ese
recorrido absurdo entre calles angostas o cuando el amontonamiento se
tornaba peligroso. Pero no más que en aquellas ocasiones.
Al
llegar finalmente a La Colmena, nos quedamos atrás. Había lugar de
sobra. Me había llevado una lonita: si no hubiera habido barro, y
sobre todo, si no hubiera hecho ese frío (otra vez, la puta madre)
hostil, teníamos lugar para descansar en el piso, sentadas o
recostadas.
A
las 22, empezó el recital.
El
reviente
Entre
las cosas que no entiendo (y no porque tenga 54 años, no las entendí
nunca), está la necesidad de estar al borde del desmayo por alcohol
u otros consumos, para disfrutar. El amor, el sexo, la música, la
literatura, la vida social, las prefiero en estado de cierta
conciencia, porque la parte de inconciencia precisamente me las
brindan el amor, el sexo, la música, la literatura, las carcajadas
con amigxs, la militancia.
Pero
me sé minoría, al menos el sábado lo era. Y, de entre todos, un
grupo hacía cosas como treparse a las estructuras de metal. Cuando
el Indio empezó a pedir que se corrieran de la parte de adelante, la
gente que rodeaba a los que se subieron a esa especie de torre
tubular, les empezó a pedir que se bajaran, quizá entendiendo que
el Indio se estaba refiriendo a ellos. Aquí, otra vez, la semejanza
con el fútbol. Me vuelvo loca cuando veo a 15 tipos trepados a
alambrados, imagino su estado, la imposibilidad de pensar con empatía
en los decenas de miles que esperan que se bajen para ver el partido.
El sábado llegaron bomberos, personal de seguridad con pecheras
amarillas, finalmente, después de mucho protestar, se bajaron.
Recordé
una escena similar cuando Cristina se despidió de nosotrxs, el 9 de
diciembre de 2015, y un grupo se subió a la Pirámide de Mayo. Me
enojan, no soy complaciente en estos casos, me parece de un egoísmo
descomunal. Y me pregunto: si uno de esos pibes caía y se partía la
cabeza, y se moría, ¿qué responsabilidad podía achacársele al
Indio, a centenares de metros de distancia, o incluso a la
organización? ¿Cómo prever todas las conductas absurdas,
inconcientes, limadas, de un grupo de personas? Leo quejas porque la
gente entraba con botellas (yo vi solo latitas), pero creo que no
hubo ninguna cabeza rota de un botellazo. Podría haberla habido,
tanto adentro como afuera. ¿Y entonces? ¿Prohibimos las botellas?
Puede ser, pero no podemos prohibir las estructuras tubulares donde
un grupo de tarados se sube.
El
recital
Seguimos
caminando y llegamos a un sitio lleno de barro sin un solo cartel,
pero allá, a lo lejos, se leía "Puertas 1 a 6", así que
fuimos, y allí más caminata, hasta que finalmente aparecieron una
especie de molinetes, (sin molinetes), y entramos (eran las 21.30
aproximadamente, la hora oficial de inicio del recital) sin que nadie
revisara nada. Lo cual, por otra parte, me parece lógico: ¿Cómo y
para qué revisar a decenas de miles de personas? ¿Cuál es el
problema de que, después de determinada hora, se ingrese sin
entrada? ¿No es lo que se hace en los segundos tiempos en los
partidos de fútbol, o al menos se hacía en las buenas épocas?
Cuando
finalmente entramos, nos quedamos bastante atrás. Un tipo me chocó
y me quejé, me dijo que por qué no me iba a un baile de jubilados.
Todos los otros que me chocaron y a los que les dije pará, cuidado,
fueron más amables o menos sinceros, y se disculparon.
Hacía
frío, mucho frío, hasta que por fin el Indio empezó a cantar. Yo
esperaba algo: habíamos hecho contacto con él para que dijera algo
sobre la baja de edad de punibilidad, y nos había hecho saber que lo
haría.
El
Indio cantó una, dos, tres canciones. La gente bailaba, cantábamos,
nos movíamos ateridas, yo esperaba. Pero lo que vino fue el pedido
enojado: llamen a Seguridad, hay gente desmayada, dejen que la
saquen. En fin, lo que ya leímos mil veces. Y luego, un recital que
para mí fue frío como el frío que sentía. Hasta que, en un
momento, comenzó a hablar en otro tono: Primero, llamó a quienes
tuvieran más o menos 40 años, a que se acercaran a Abuelas de Plaza
de Mayo si tenían alguna duda de su identidad.
Y
luego dijo esto:
"...
Y por otro lado, pensemos bien lo que está pasando con respecto a
los menores. Están buscando bajar la punibilidad de los menores a 14
años. Hay estadísticas que dicen que los asaltos o crímenes cometidos por menores de 14 años son
estadísticamente ínfimos. Lo que están haciendo es una locura. Yo
pido que piensen en el momento en que los diputados y senadores van a
desear hacer estas cosas, porque no corresponde... Los muchachos no
nacen malos. El Estado no puede ser penal antes que social. Tiene que
socializar primero, y luego pensar penalmente en una criatura."
Para
mí, todo el esfuerzo había valido la pena, otra vez.
Pero
el recital siguió, el Indio pidiendo una y otra vez que liberaran la
cabecera, que se corrieran un paso atrás, otra persona de la
organización suplicando lo mismo desde el escenario. Pensamos, en un
momento, que se suspendía el recital, dedujimos que no porque eso
hubiera sido peor. Siguió, cantó menos que lo previsto, terminó
con dos de sus canciones más convocantes, nos fuimos antes del
final.
La
salida
Salimos
tranquilamente, solo atormentadas por el pensamiento de saber que
teníamos que repetir los 7 kilómetros con el doble de cansancio y
frío que al venir, y con cierto sabor amargo por el clima que se
había generado con los pedidos reiterados del Indio.
Alguna
foto, un chori reparador.
Después
de hacer más o menos la mitad de camino, conseguí milagrosamente
señal para enviar algunos wasap. Compartí con un compañero de
Argentina No Baja la alegría porque el Indio había dicho sus
palabras sobre los intentos de bajar la edad de punibilidad casi con
nuestras palabras.
En
la respuesta estaba la preocupación sobre lo que, a esa hora, eran
rumores de muertes en el recital. Mi hijo no respondía los mensajes,
de ningún tipo. El hijo de mi amiga, tampoco. Al cansancio, el
agotamiento, los pies rotos, y el frío, se sumaron el terror de que
algo les hubiera pasado.
Seguimos
caminando, pensamos hacer dedo, que alguien nos alcanzara hasta el
auto. Increíblemente, el que pasó, fue el auto del compañero con
el que habíamos comentado lo sucedido. Nos amontonamos, seguimos
buscando con nuestros celulares y con la radio del auto alguna
información. Telam: siete muertos, cinco de ellos mayores de edad,
dos menores de 5 y 7 años. Siete muertos, sin nombre, dos muertos,
niños pequeños. El horror.
Después
de casi una hora para recorrer diez cuadras, porque filas y filas de
pibes y pibas caminando hacia alguna parte, en silencio (entendí,
con esas salidas, el concepto de misa...), llegamos al auto.
No
se podía salir, hasta que lo hicimos de contramano. Me dormía
manejando, paré en una estación de servicio. Y entonces, la noticia
de que los muertos no eran 7 sino 2, y que no había niños, sino dos
adultos. No sé todavía por qué murieron. Solo tengo claro que sigo
sosteniendo lo que dije ayer, después de 8 horas de manejar, cuando
llegué finalmente a casa: no crean todo lo que dice la tele.
Chequeen. Esperen antes de hacer imputaciones y pedir cárcel o
destituciones.
Yo
quiero que el inútil de intendente de Olavarría se vaya del cargo
gracias a los votos con que lo derrotemos. No estuve de acuerdo con
el juicio político a Ibarra luego de Cromañón, no lo estaré si se
impulsa el juicio político a Galli, en las antípodas de mi
pensamiento y de todo lo que quiero en la vida y en política.
Sobre
las consecuencias
Cuando
hablamos de la selectividad del sistema penal, podríamos dar como
ejemplo la enorme cantidad de contravenciones que sucedieron el
sábado y domingo (orinar en la vía pública, hacer choris en
cualquier lado, transformar una ruta en un estacionamiento, circular
en contramano, falsificar entradas, cobrar en negro miles de cosas,
vender alcohol y tomarlo en la calle, tirar basura por doquier, etc.)
Mientras
veía todo eso suceder, sabía que a nadie se le ocurriría ponerse a
labrar infracciones.
Ahora,
a caballo de lo que los medios instalan como "Tragedia",
acabo de ver a un señor, supongo que es un fiscal, diciendo que van
a investigar "todos los delitos" que se cometieron. Son los
momentos en que odio más fuertemente que lo habitual al sistema
penal y sus caranchismos.
Después,
cuando veo el modo en que lo que sucedió se presenta en algunos
medios de comunicación, el odio se reparte en partes iguales.
Lo
bello, lo bueno
Hice
un viaje ida y vuelta con una compañera a la que no había visto en
mi vida, solo a través de fb y de amigxs comunes. Nos reímos,
fuimos solidarias, nos contamos vida y obra, hablamos de nuestros
amores filiales y de los otros.
Me
encontré amorosamente con mi hijo y sus amigos.
Al
volver de Olavarría, nos recibió en su casa de Cachari otra "amiga de fb" que se
hizo amiga de la vida: Alba nos preparó camas para dormir un rato,
nos pudimos bañar, comimos rico, nos recuperamos con termos de mate.
Los
celulares no anduvieron la mayor parte del tiempo, pero el corazón
sí, y apenas hubo señal preguntamos y preguntaron por nosotras, y
nosotras por cada persona querida que andaba por Olavarría. ¿Estás
bien? ¿Pudiste salir? ¿Llegaste?, fueron las preguntas que iban y
venían.
Vimos
gente que ayudaba a otra gente a levantarse del piso, a llegar al
lugar correcto. Vimos pibes haciendo un círculo para que una piba
pudiera hacer pis en medio del campo. Vimos gente en la puerta de sus
casas, orientándonos para poder llegar a destino. Vimos gente
emocionada, feliz, conmovida, saltando, cantando.
No
sé qué pasará ahora. Temo que nada bueno. Yo creo que le caen al
Indio por lo mejor que es, no por todo lo que no funcionó en la
organización de este recital, no por las puertas que no alcanzaron,
ni siquiera por las dos muertes, que no creo le sean imputables ni
siquiera en la mente carancha más afiebrada.
No
usé, deliberadamente, ninguna frase de sus temas. Pero para
terminar, sí, quiero usar una que repite una amiga y compañera que
también estuvo en Olavarría: simple y claramente: si no hay amor,
que no haya nada.
Claudia
Cesaroni
13
de marzo de 2017