lunes, 13 de marzo de 2017

Mi último recital del Indio

Desde ayer domingo que tengo una crónica dando vueltas en mi cabeza.
Ya me olvidé la mitad de las ideas brillantes que había elaborado, y casi la totalidad de la otra mitad ya la dijeron otros y otras, así que lo que escriba será un residuo, suma de lo que quede de mis recuerdos y lo que aún no se haya dicho (o yo no haya leído, escuchado o visto)
Antes, una aclaración: no he sido ni soy una seguidora fiel del Indio Solari. Tengo ¡casettes! de los Redondos, que guardo con otras reliquias, y escuché siempre con gusto sus temas más afines a mis posiciones políticas, pero nada más. Comencé a conocer de otro modo al Indio de la mano de la investigación sobre la Masacre en el Pabellón Séptimo. Ni siquiera recordaba ese tema en particular, en el que toma las palabras de un sobreviviente (Horacio Santantonin), escritas por su abogado Elías Neuman en el libro "Crónica de muertes silenciadas", uno de los libros que iluminaron mi decisión de hacer algo para que ese crimen no quedara impune.



Mucho menos conocía "Toxi taxi", dedicado a su amigo muerto en el Pabellón Séptimo, Luis María Canosa.

"Olavarría" fue el segundo recital del Indio al que fui. El primero fue el de Setiembre de 2013, en el Hipódromo de San Martín, a 50 kilómetros de la Ciudad de Mendoza. Como la felicidad de tener a tu hijo/a en los brazos te hace olvidar de los dolores del parto, el hecho increíble, conmocionante e inesperado de que el Indio me nombrara (bueno, dijo Cefaroni, pero se entendió...), y hablara del libro que recién había editado, e invitara a comprarlo y leerlo para "entender las verdaderas razones de esta masacre", hizo olvidar las más largas horas de congelamiento que haya vivido o que recuerde haber vivido. En Gualeguaychú estuve en la ciudad con un sobreviviente de la Masacre para presentar el libro, pero no estuvimos en el concierto. Vivimos el clima ricotero, repartimos volantes, contamos la historia a quien se interesara, y nos fuímos.

Fui a Olavarría con una "amiga de facebook", en mi auto. Mi hijo iba con sus amigos, en otro. Compañeros y compañeras de trabajo, por su lado. Compañerxs, conocidxs, amigxs, por otros. Gente que quise, gente que quiero, en auto, micro, moto. Gente que no conozco orientándome vía tuiter o fb sobre el mejor camino para llegar (Ruta 3, llena de camiones, pero más corta. Ruta 205/51, menos camiones, pero más larga. Finalmente, optamos por esta)






Llegamos el sábado a Azul a las 4 de la tarde más o menos. Tuiteé y saqué fotos del embotellamiento. Alguien me dijo: "paciencia que te falta poco". Son unos 50 kilómetros hasta Olavarría. Tardé 3 horas, por la ruta 226. Me crucé con un auto lleno de compañeros, alegría, dedos en V, vamooo. Había felicidad, a pesar de la lluvia inquietante (con mi compañera de viaje pensábamos en el barro, en el seguro lodazal que se estaría produciendo en el campo donde se haría el recital, en la incomodidad, en no poder sentarse en el piso, etc), la marcha detenida y kilométrica, las ansias de llegar de una vez.
Primera falla organizativa: pasando Cerro Negro, a poco de arribar a Olavarría, un cartel indicaba que a 3 kilómetros estaba el "Estacionamiento oficial". Sin embargo, veíamos que la gente empezaba a estacionar en el espacio que separa una mano de la otra, sobre la misma ruta. Avanzamos un poco más, y vimos que algunos autos volvían. Preguntamos a alguien: "Es que ya no hay lugar", nos respondió. Entonces, hicimos lo que vimos que todos hacían: dejar el auto. Pensamos que caminar 3 kilómetros no era tan grave. Como a todos lados que voy, quise que me acompañara el reclamo por la libertad de Milagro Sala, y nuestro trabajo militante sobre la Masacre en el Pabellón Séptimo. 









Estacionamos, bajamos, comimos algo. Me encontré milagrosa y amorosamente, entre decenas de miles de personas, con mi hijo y sus amigos. Lo abracé fuerte, hicimos fotos, les doné lo que me quedaba de víveres, me preguntó si estaba borracha, le dije que no, le hice recomendaciones, nos separamos, empezamos a caminar.





¿Qué hizo el Pro? Una aplicación para tu celular.

Al llegar a Olavarría, los celulares dejaron de funcionar. Como no funcionan en una marcha más o menos numerosa, en la CABA. Habrá que pensar en modos de organizarse pre-celulares. A mí, que soy del siglo pasado, me gusta la idea de recuperar la puntualidad de las citas, el respeto a los horarios, los puntos de encuentro fijados de antemano. Pero quizá sea una batalla perdida, y habrá que reclamar más antenas (no sé, técnicamente, si es posible hacerlo en un caso como este, en el que llegan a una ciudad el doble de personas que las que la habitan cada día) O, mejor todavía, que vuelvan los teléfonos públicos, esa antigüedad perdida de un modo que solo se explica por la codicia empresarial. 

Entonces, lo único que había hecho la intendencia de Cambiemos, una aplicación sobre el recital llamada "Indio en Olavarría", no sirvió para nada cuando más falta hacía algún tipo de información. En vez de celulares inútiles podría haber habido carteles, volantes, personas identificadas (no policías, que no hacían falta, porque el clima era de absoluta alegría y fraternidad) que orientaran, puestos con agua fría y caliente, mapas, tachos para la basura, lugares para cargar los celulares y usar wifi, baños químicos, puestos sanitarios. ¿Recuerdan los actos del Bicentenario, o del 25 de mayo de 2015? Algo así.
El Pro y toda su gente no saben organizar nada masivo con servicios gratuitos. No sabe o no le sale o no le importa.

Entonces, Olavarría se transformó en un meadero y un basural a cielo abierto. Ya me imagino las fotos del domingo y el lunes, comentaba yo: miren lo que hacen estos bárbaros. No me imaginé que además morirían dos personas, y todxs nosotrxs seríamos llamados "sobrevivientes".

Entonces, ante la falta absoluta de orientación, la marcha fue siguiendo a los que iban para el lado donde presuntamente estaba el campo La Colmena. Pensábamos que serían los 3 kilómetros del único cartel visto, y comenzamos a caminar. 





Al llegar a una avenida, le preguntamos a un policía que ordenaba un poco el tránsito "3 para allá y después otros 3 para allá", dijo. Eran kilómetros, ya habíamos caminado más de uno. ¿Nos está cargando?, nos preguntamos. No, lamentablemente, aunque sonreía con algo de sorna.

Sacrificarse

Antes del policía, cuando consultamos a qué distancia estaba el campo a algunos de los asistentes, la respuesta era "son varios kilómetros, pero no importa"; y el tono parecía decir "si no lo gusta vaya al teatro a ver a Arjona". Cuando ya llevábamos varios kilómetros hechos, una piba se quejaba del cansancio. La madre le decía "vos sabés que esto es así, si no te gusta, no hubieras venido, no te quejes".
La idea del sacrificio aparece a menudo. En la militancia, también. Recuerdo una consigna que voceábamos en Nicaragua: "Sin una juventud dispuesta al sacrificio, no hay Revolución". Hay decenas así. No juzgo, no analizo. Solo dudo sobre el sentido y la literalidad.

Algo del sacrificio, de bancársela, del aguante. Nos bancamos cualquier cosa en la cancha, en un recital. Hay que mearse encima, o pagar 10 pesos para entrar en un baño inmundo en una casa, si sos mujer (si sos varón, meas en la calle, en las casas, en los parques, donde pinte). Hay que ir a baños inmundos en la cancha. Hay que bancarse los palazos de la policía, antes de entrar a ver a tu equipo, o al salir. Hay que caminar sin saber siquiera cuánto tenés que caminar, ni para qué lado, solo seguir la marea y hacer cosas absurdas como subir a un terraplén escarpado, o atravesar calles angostas, con autos estacionados, puestos de chori y birra a un lado y el otro, para dar vueltas y vueltas y dar a otra calle y a otra más, llena de vendedores de todo lo que se pueda vender con la imagen del Indio o con olor a comida o a alcohol, hasta llegar a otro lugar absurdo donde una fila de gente respetuosa espera poder comprar su entrada de último momento, y unos pibes venden algo que dicen que también es una entrada, sin mucha suerte.

Asfixia

Estuve a punto de morir apretujada o asfixiada varias veces, o eso creo. La primera, en diciembre de 1977, fue en Panamá. Yo estaba en casa de mis tíos, y llevé a mis primos más chicos a ver el estreno de La Guerra de las Galaxias. Casi los pierdo a ellxs, y me aplastan a mí.
La segunda, el día que ganamos el Mundial '78: yo tenía 15 años (era punible para la época, ahora que me doy cuenta), y me fui con mi hermano de 21 al Obelisco, trepada en el Roca desde Bernal. Corrí riesgos en el mismo tren, de caer a las vías, y en algún lugar de la Capital Federal, aplastada contra las rejas de una boca de Subte. Recuerdo el terror y la desesperación. No sé cómo salí de ahí.
La tercera, un día que fui a ver a River con mi hijo chico y un amigo, a la cancha de Vélez. Si River ganaba era campeón, y le ganó 3 a 0 a Ferro. En uno de los goles, nos aplastaron contra el alambrado. Quizá no fue tan grave, pero recuerdo la desesperación por Ernesto y Sebi, y el terror de que les pasara algo.
Y en decenas de marchas aprendí a irme un poco antes que el resto, o a ponerme en un costado, aunque viera o escuchara menos, para evitar la sensación horrible de la falta de aire y el no saber para dónde salir.
El sábado tuve miedo en algunos de los embudos que se hicieron en ese recorrido absurdo entre calles angostas o cuando el amontonamiento se tornaba peligroso. Pero no más que en aquellas ocasiones.
Al llegar finalmente a La Colmena, nos quedamos atrás. Había lugar de sobra. Me había llevado una lonita: si no hubiera habido barro, y sobre todo, si no hubiera hecho ese frío (otra vez, la puta madre) hostil, teníamos lugar para descansar en el piso, sentadas o recostadas.
A las 22, empezó el recital.




El reviente

Entre las cosas que no entiendo (y no porque tenga 54 años, no las entendí nunca), está la necesidad de estar al borde del desmayo por alcohol u otros consumos, para disfrutar. El amor, el sexo, la música, la literatura, la vida social, las prefiero en estado de cierta conciencia, porque la parte de inconciencia precisamente me las brindan el amor, el sexo, la música, la literatura, las carcajadas con amigxs, la militancia.
Pero me sé minoría, al menos el sábado lo era. Y, de entre todos, un grupo hacía cosas como treparse a las estructuras de metal. Cuando el Indio empezó a pedir que se corrieran de la parte de adelante, la gente que rodeaba a los que se subieron a esa especie de torre tubular, les empezó a pedir que se bajaran, quizá entendiendo que el Indio se estaba refiriendo a ellos. Aquí, otra vez, la semejanza con el fútbol. Me vuelvo loca cuando veo a 15 tipos trepados a alambrados, imagino su estado, la imposibilidad de pensar con empatía en los decenas de miles que esperan que se bajen para ver el partido. El sábado llegaron bomberos, personal de seguridad con pecheras amarillas, finalmente, después de mucho protestar, se bajaron.
Recordé una escena similar cuando Cristina se despidió de nosotrxs, el 9 de diciembre de 2015, y un grupo se subió a la Pirámide de Mayo. Me enojan, no soy complaciente en estos casos, me parece de un egoísmo descomunal. Y me pregunto: si uno de esos pibes caía y se partía la cabeza, y se moría, ¿qué responsabilidad podía achacársele al Indio, a centenares de metros de distancia, o incluso a la organización? ¿Cómo prever todas las conductas absurdas, inconcientes, limadas, de un grupo de personas? Leo quejas porque la gente entraba con botellas (yo vi solo latitas), pero creo que no hubo ninguna cabeza rota de un botellazo. Podría haberla habido, tanto adentro como afuera. ¿Y entonces? ¿Prohibimos las botellas? Puede ser, pero no podemos prohibir las estructuras tubulares donde un grupo de tarados se sube.

El recital

Seguimos caminando y llegamos a un sitio lleno de barro sin un solo cartel, pero allá, a lo lejos, se leía "Puertas 1 a 6", así que fuimos, y allí más caminata, hasta que finalmente aparecieron una especie de molinetes, (sin molinetes), y entramos (eran las 21.30 aproximadamente, la hora oficial de inicio del recital) sin que nadie revisara nada. Lo cual, por otra parte, me parece lógico: ¿Cómo y para qué revisar a decenas de miles de personas? ¿Cuál es el problema de que, después de determinada hora, se ingrese sin entrada? ¿No es lo que se hace en los segundos tiempos en los partidos de fútbol, o al menos se hacía en las buenas épocas?
Cuando finalmente entramos, nos quedamos bastante atrás. Un tipo me chocó y me quejé, me dijo que por qué no me iba a un baile de jubilados. Todos los otros que me chocaron y a los que les dije pará, cuidado, fueron más amables o menos sinceros, y se disculparon.
Hacía frío, mucho frío, hasta que por fin el Indio empezó a cantar. Yo esperaba algo: habíamos hecho contacto con él para que dijera algo sobre la baja de edad de punibilidad, y nos había hecho saber que lo haría.
El Indio cantó una, dos, tres canciones. La gente bailaba, cantábamos, nos movíamos ateridas, yo esperaba. Pero lo que vino fue el pedido enojado: llamen a Seguridad, hay gente desmayada, dejen que la saquen. En fin, lo que ya leímos mil veces. Y luego, un recital que para mí fue frío como el frío que sentía. Hasta que, en un momento, comenzó a hablar en otro tono: Primero, llamó a quienes tuvieran más o menos 40 años, a que se acercaran a Abuelas de Plaza de Mayo si tenían alguna duda de su identidad.
Y luego dijo esto:

"... Y por otro lado, pensemos bien lo que está pasando con respecto a los menores. Están buscando bajar la punibilidad de los menores a 14 años. Hay estadísticas que dicen que los asaltos o crímenes cometidos por menores de 14 años son estadísticamente ínfimos. Lo que están haciendo es una locura. Yo pido que piensen en el momento en que los diputados y senadores van a desear hacer estas cosas, porque no corresponde... Los muchachos no nacen malos. El Estado no puede ser penal antes que social. Tiene que socializar primero, y luego pensar penalmente en una criatura."

Para mí, todo el esfuerzo había valido la pena, otra vez.
Pero el recital siguió, el Indio pidiendo una y otra vez que liberaran la cabecera, que se corrieran un paso atrás, otra persona de la organización suplicando lo mismo desde el escenario. Pensamos, en un momento, que se suspendía el recital, dedujimos que no porque eso hubiera sido peor. Siguió, cantó menos que lo previsto, terminó con dos de sus canciones más convocantes, nos fuimos antes del final.

La salida

Salimos tranquilamente, solo atormentadas por el pensamiento de saber que teníamos que repetir los 7 kilómetros con el doble de cansancio y frío que al venir, y con cierto sabor amargo por el clima que se había generado con los pedidos reiterados del Indio.
Alguna foto, un chori reparador. 



Después de hacer más o menos la mitad de camino, conseguí milagrosamente señal para enviar algunos wasap. Compartí con un compañero de Argentina No Baja la alegría porque el Indio había dicho sus palabras sobre los intentos de bajar la edad de punibilidad casi con nuestras palabras.
En la respuesta estaba la preocupación sobre lo que, a esa hora, eran rumores de muertes en el recital. Mi hijo no respondía los mensajes, de ningún tipo. El hijo de mi amiga, tampoco. Al cansancio, el agotamiento, los pies rotos, y el frío, se sumaron el terror de que algo les hubiera pasado.
Seguimos caminando, pensamos hacer dedo, que alguien nos alcanzara hasta el auto. Increíblemente, el que pasó, fue el auto del compañero con el que habíamos comentado lo sucedido. Nos amontonamos, seguimos buscando con nuestros celulares y con la radio del auto alguna información. Telam: siete muertos, cinco de ellos mayores de edad, dos menores de 5 y 7 años. Siete muertos, sin nombre, dos muertos, niños pequeños. El horror.
Después de casi una hora para recorrer diez cuadras, porque filas y filas de pibes y pibas caminando hacia alguna parte, en silencio (entendí, con esas salidas, el concepto de misa...), llegamos al auto.

No se podía salir, hasta que lo hicimos de contramano. Me dormía manejando, paré en una estación de servicio. Y entonces, la noticia de que los muertos no eran 7 sino 2, y que no había niños, sino dos adultos. No sé todavía por qué murieron. Solo tengo claro que sigo sosteniendo lo que dije ayer, después de 8 horas de manejar, cuando llegué finalmente a casa: no crean todo lo que dice la tele. Chequeen. Esperen antes de hacer imputaciones y pedir cárcel o destituciones.
Yo quiero que el inútil de intendente de Olavarría se vaya del cargo gracias a los votos con que lo derrotemos. No estuve de acuerdo con el juicio político a Ibarra luego de Cromañón, no lo estaré si se impulsa el juicio político a Galli, en las antípodas de mi pensamiento y de todo lo que quiero en la vida y en política.

Sobre las consecuencias

Cuando hablamos de la selectividad del sistema penal, podríamos dar como ejemplo la enorme cantidad de contravenciones que sucedieron el sábado y domingo (orinar en la vía pública, hacer choris en cualquier lado, transformar una ruta en un estacionamiento, circular en contramano, falsificar entradas, cobrar en negro miles de cosas, vender alcohol y tomarlo en la calle, tirar basura por doquier, etc.)
Mientras veía todo eso suceder, sabía que a nadie se le ocurriría ponerse a labrar infracciones.
Ahora, a caballo de lo que los medios instalan como "Tragedia", acabo de ver a un señor, supongo que es un fiscal, diciendo que van a investigar "todos los delitos" que se cometieron. Son los momentos en que odio más fuertemente que lo habitual al sistema penal y sus caranchismos.
Después, cuando veo el modo en que lo que sucedió se presenta en algunos medios de comunicación, el odio se reparte en partes iguales.

Lo bello, lo bueno

Hice un viaje ida y vuelta con una compañera a la que no había visto en mi vida, solo a través de fb y de amigxs comunes. Nos reímos, fuimos solidarias, nos contamos vida y obra, hablamos de nuestros amores filiales y de los otros.
Me encontré amorosamente con mi hijo y sus amigos.
Al volver de Olavarría, nos recibió en su casa de Cachari otra "amiga de fb" que se hizo amiga de la vida: Alba nos preparó camas para dormir un rato, nos pudimos bañar, comimos rico, nos recuperamos con termos de mate.




Los celulares no anduvieron la mayor parte del tiempo, pero el corazón sí, y apenas hubo señal preguntamos y preguntaron por nosotras, y nosotras por cada persona querida que andaba por Olavarría. ¿Estás bien? ¿Pudiste salir? ¿Llegaste?, fueron las preguntas que iban y venían.
Vimos gente que ayudaba a otra gente a levantarse del piso, a llegar al lugar correcto. Vimos pibes haciendo un círculo para que una piba pudiera hacer pis en medio del campo. Vimos gente en la puerta de sus casas, orientándonos para poder llegar a destino. Vimos gente emocionada, feliz, conmovida, saltando, cantando.
No sé qué pasará ahora. Temo que nada bueno. Yo creo que le caen al Indio por lo mejor que es, no por todo lo que no funcionó en la organización de este recital, no por las puertas que no alcanzaron, ni siquiera por las dos muertes, que no creo le sean imputables ni siquiera en la mente carancha más afiebrada.
No usé, deliberadamente, ninguna frase de sus temas. Pero para terminar, sí, quiero usar una que repite una amiga y compañera que también estuvo en Olavarría: simple y claramente: si no hay amor, que no haya nada.




Claudia Cesaroni
13 de marzo de 2017








domingo, 8 de enero de 2017

UNA VISITA AL URUGUAY EN 2014 EN EL MARCO DE LA CAMPAÑA #NOALABAJA

Visita a Montevideo (Uruguay)
30 de setiembre al 2 de octubre de 2014

Fui invitada a Uruguay en representación del Centro de Estudios en Política Criminal y Derechos Humanos (CEPOC) por organizaciones que trabajan en la defensa de los derechos de niños, niñas y adolescentes, en particular IELSUR y SERPAJ.

En Uruguay se decide el próximo 26 de octubre, junto con la elección presidencial, si se realiza una reforma constitucional mediante la cual se bajaría la edad máxima del régimen penal juvenil, que hoy está establecido entre los 13 y los 18 años, hasta los 16. La propuesta de Pedro Bordaberry, candidato por el Partido Colorado, apoyada por sectores del Partido Blanco y por la derecha mediática, es modificar la Constitución Nacional, e incorporar modificaciones sustanciales en ese régimen especial, haciendo que termine a los 16 años, y que a partir de esa edad se trate a los adolescentes como adultos, o sea:

  • los juzguen jueces de adultos
  • se les apliquen las mismas penas que a los adultos
  • sus antecedentes no se borren nunca, lo que es peor que el trato a los adultos, cuyos antecedentes se borran a los 10 años.
  • se agrave la pena por utilización de menores de edad
  • se establezca el criterio del “discernimiento”.


Las primeras explicaciones acerca del régimen penal juvenil uruguayo las recibí de parte de los compañeros Luis Pedernera y Juan Fumeiro, de IELSUR. Así, me describieron a la Colonia Berro, un amplio predio donde se encuentran la mayoría de las instituciones de encierro donde van a parar los adolescentes que cometen algún delito en Uruguay. El problema aquí no es el largo tiempo que pasan procesados, porque ese lapso no puede extenderse más de 90 días (era de 60, pero en 2011 se extendió a 90), conforme el Código de la Niñez y la Adolescencia, uno de esos códigos “respetuosos de los tratados y las convenciones” en la letra, y profundamente violatorios de la dignidad humana en su aplicación concreta.1

Dentro de la Colonia Berro, ubicada en Canelones, a unos 30 kilómetros de la Montevideo, está el Ser, donde van los adolescentes de 16 a 18 años; el Ituzaingó, un espacio que luce distinto, luminoso, con adolescentes más o menos libres, caminando entre talleres y paredes coloridas. Allí, me cuentan, quienes “aprietan” a los jóvenes son los mismos jóvenes. Es decir: un espacio donde el disciplinamiento se produce a través de la violencia real o simbólica, ejercida por los compañeros de detención, en vez de la autoridad, que delega sus funciones. A estos jóvenes, se los llama “los calefones”, porque viven en un espacio donde originariamente había calderas.

Las niñas y adolescentes presas son unas 40, y de ellas 4 son madres.

Las instituciones están bajo la órbita del Sistema de Responsabilidad Penal del Adolescente (SIRPA).

30-9-14:
Entrevista con Alejandro Santa Ágata, integrante del Mecanismo Nacional de Prevención de la Institución Nacional de Derechos Humanos

  • La estructura de los centros es antigua y añosa. No fueron diseñados para la privación de libertad.
  • El tratamiento es ejecutado por personal no capacitado para trabajar con adolescentes.
  • No se “re” nada (ni reeduca, ni resocializa, ni reinserta...), más bien se reafirman las cosas con las que ya llegan los/as adolescentes.
  • En el SER se nota que hay dos “bandos” de funcionarios. Un grupo intenta adecuar sus prácticas a las nuevas políticas, mientras que la anterior dirección realiza acciones de sabotaje contra funcionarios y contra adolescentes. Por ejemplo: a un gurí le apareció un cuchillo en la reja, y la requisa lo devolvió al pabellón.
  • En SER los docentes dan clases con los custodios dentro del aula. Los adolescentes circulan con grilletes y esposas. El personal le tiene “miedo” a los adolescentes: “se sienten impunes”.
  • CIAF: Centro de mujeres (desde los 13 años). Problemas edilicios. Las chicas están peor que los muchachos. No tienen televisión, tienen más encierro, les leían las cartas. Sobre esto se hizo una denuncia, se supone que ya no sucede. La psicóloga del centro estaba “encantada” con leerles las cartas a las chicas. Se les preguntó por qué leían las cartas: “porque un pibe entró a 'rescatar' a la novia y lo habían armado por carta...”
  • Se ha denunciado que a las adolescentes las atan con grilletes a las camas. Les aplican “chaleco químico”. Relato de una niña “mula”, de 13 años, dopada para ver a su mamá. La directora del CIAF es Técnica en Floricultura. La violencia está naturalizada.
  • Una niña de 13 años que no terminó la primaria está presa por “rapiña”. Es de Paysandú, tiene por lo menos un año de pena. No están separadas por franja etarea, sí en el caso de los varones. Tampoco entre procesadas y condenadas.
  • En el CIAF los “calabozos” están habilitados. Tienen 2 m x 1 m, pueden estar sancionadas hasta 20 días (en el mundo adulto el máximo son 10 días)
  • Desafío: niños de 13 a 15 años.
  • Ariel: se cae a pedazos.
  • La utilización del teléfono difiere según los centros, en general son dos llamadas por semana de 3 minutos cada una. Les cortan cuando están hablando: “se cortó la llamada!”.
  • Programa “Uruguay crece contigo”, van a trabajar con mujeres embarazadas o con hijos en el CIAF.
  • Les hacen tener las entrevistas con los custodios presentes, en el salón de visita.
  • La palabra clave es “seguridad”.
  • CIT: Centro de Ingreso Transitorio. Son 2 celdas. El director está denunciado por golpeador. Los custodios intervienen en el aula. En 2013 juraron la bandera a través de las mirillas de las puertas de las celdas.
  • Los 3 espacios de mayor vulnerabilidad son: el CIAF, Desafío y SER.
  • En el CePriLi (Centro de Privación de Libertad), en dos corredores de 5 celdas cada una, con capacidad para 20, había 44. Los chicos preferían estar ahí en vez de en el SER, “porque acá no nos pegan”.
  • El personal trabaja 12 x 60 horas. No tienen capacitación alguna. Se autodenominan “educadores”, pero son solo custodios. Se les valora especialmente su preparación en defensa personal.

1-10-14
Entrevista con Sandra Giménez, abogada de adolescentes.

Cada vez que un adolescente denuncia maltrato, es sancionado/represaliado.
Las denuncias llegan al SIRPA, al área jurídica, son desestimadas.
La jueza que debería investigar las torturas en la Colonia Berro no aplica le ley vigente (18.026) y dilata los procesos. No se cree en la palabra de los adolescentes.

Actividad pública:





1-10-14
Entrevista con autoridades de INAU
Titular: Javier Salsamendi

Total de adolescentes de 13 a 18 privados/as de libertad: 622 (en esa franja etarea hay aproximadamente 230000 uruguayos/as, lo que da una tasa de 270 cada 100000)
En medidas no privativas de la libertad: poco más de 500.
EN 2010 había 350 adolescentes privados/as de libertad. “Uruguay es un país viejo y le tiene miedo a sus niños y adolescentes”, sostuvo uno de los funcionarios. A partir de las últimas reformas, la pena de prisión es de un año como mínimo. Se presenta como un éxito de la gestión las “fugas cero”, y la construcción de nuevos espacios de privación de libertad, sin destruir los viejos. Comentan que han firmado convenios varios con universidades de Lovaina, Minesotta, Chile y Brasil.
Van a formar al personal del mismo modo que a los penitenciarios.
2-10-14
Recorrida por instituciones de encierro

(En las celdas) están pensadas, calculadas, medidas y creadas la oscuridad, la sed, las corrientes de aire helado en invierno, el calor sofocante en verano, la mugre insoslayable, la opresión de los muros, la soledad, el profundo silencio, los ruidos impactantes de las trancas metálicas, las dobles rejas, la caída de los pisos sutilmente nivelados para joderte. Flor de trabajo científico con un solo objeto: hacer daño. Hay Mengeles de la arquitectura, y lo peor es que tal vez ni siquiera se les ocurre pensar que lo son. Porque uno se los imagina en su cálido estudio moqueteado, contentos porque ganaron el concurso o la licitación, resolviendo, con la conciencia muy tranquila, cómo romperle el alma a la gente mediante la arquitectura. Son violadores de los derechos humanos en abstracto. Al barrer. Genéricamente. Caiga quien caiga. Le toque a quien le toque. (...) Hay miles de cárceles en el mundo: todas tienen calabozos concebidos para destruir al individuo. Son su obra.” (Eleuterio Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, Memorias del calabozo, Tomo I, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, s/f, pág. 191, citado en Cesaroni, Claudia “El dolor como política de tratamiento. El caso de los jóvenes adultos presos en cárceles federales”, Fabián Di Plácido, 2009).

Viajamos en una combi y un auto a la Colonia Berro, ubicada en Canelones. El viaje demora aproximadamente una hora, y el ingreso es por un camino de tierra. Es un lugar de difícil acceso, como lo son la mayoría de las cárceles. Un predio amplio, en el medio del campo, donde son enviados niños y adolescentes de todo el país, de 15 a 18 años.





Comenzamos por el centro “Ariel”:







Recorrimos las celdas, hablamos con los adolescentes. Las quejas de siempre: el encierro, la mala comida, el destrato:






Luego pasamos a la “Granja”, donde encontramos celdas de castigo hermética, eufemísticamente denominadas por la directora “Celdas de resolución de conflictos”:




Las celdas comunes no difieren demasiado:





Camino a la Granja, vimos una “carpintería”:




Luego fuimos a “El puente”, donde nos encontramos un adolescente desesperado porque su mujer estaba por parir y solo lo dejaban hablar dos veces por semana, 3 minutos por vez.

Al salir, vimos varios jóvenes conducidos con grilletes y esposas hacia el hospital de la Colonia. Ingresamos, y los encontramos en el sillón del dentista:




La decisión de atender adolescentes esposados y engrillados, y de no dejarlos pasar al baño, todo ello basado en razones “de seguridad”, se construye entre “educadores” (custodios) y personal de salud:





Luego fuimos a la Colonia Ser. Las denuncias: encierro, golpes, requisas violentas con la policía, diferencias entre funcionarios.






En un salón, la presencia de las madres ausentes:








Salimos de la Colonia Berro, hacia el CIAF, Centro de Internación para Adolescentes Femeninas. La directora, experta en floricultura.




Las chicas, de 13 a 18 años, duermen en habitaciones pequeñas, sin un solo espacio más allá de las camas, donde guardar sus cosas:




Guardan sus libros sobre las ventanas:




Letrinas:




Hablamos con dos chicas. Una contó que le dan una pastilla para la “estabilización del ánimo”, otra para “la angustia”, otra “para dormir”. Antes le daban más, pero su mamá habló y se quejó, porque cuando la venía a visitar la nena (15 años) se le dormía en la visita, y logró que le bajen la dosis.

La otra chica solo cuenta los días para irse de allí:






Del otro lado del CIAF está el Centro de Derivación:




Y, por último, al Centro Desafío, donde viven niños de 13 a 15 años:




La conclusión luego de escuchar a militantes de derechos humanos, abogados/as, funcionarios públicos, pero sobre todo, luego de recorrer esos espacios y mirar y escuchar a niños, niñas y adolescentes, es que la discusión no debería ser “bajar” la edad de imputabilidad, sino subirla, y sacar del encierro en esos espacios horribles a cada vez más niños y niñas. Porque no sirve para nada, y porque solo provoca daño y dolor.

Claudia Cesaroni
Buenos Aires, 7 de octubre de 2014

1http://www.parlamento.gub.uy/leyes/AccesoTextoLey.asp?Ley=17823&Anchor= Letra muerta, según se verifica después de recorrer durante un día sucesivos establecimientos donde están encerrados niños, niñas y adolescentes.   

sábado, 7 de enero de 2017

UN PEDIDO CON AYUDA DE NILS CHRISTIE

Hola, quería pedirles que busquen al pibe o piba de 14 o 15 que tengan más cerca. Si no tienen ningunx, recuerdensé ustedes a esa edad. Después, imaginen a esx que tienen cerca o a ustedes en un Instituto de esos que todo el tiempo estallan con colchones quemados, o con gritos de desesperación, o con colgados sospechosos.
Imaginen el olor, los gritos, las amenazas, los golpes, las violaciones, el llanto.
Lean de nuevo Las tumbas, de Enrique Medina. Lean cualquier relato de cárceles. Solo hay dolor. Todo lo otro que les cuenten, es puro eufemismo, promesas incumplidas. Puro dolor y venganza.
Yo, simplemente, no quiero eso, porque como decía el enorme Nils Christie, cuando se trata de combatir el dolor, prefiero ser una imperialista moral:
"Durante algunos años, el moralismo dentro de nuestro campo ha sido una actitud, o incluso, un término que se asocia con los defensores de la ley y el orden y de las severas sanciones penales, mientras que a sus oponentes se les ve como flotando en una especie de vacío carente de valores. Dejemos por lo tanto completamente claro que yo también soy un moralista. Peor aún: soy un imperialista moral. Una de mis premisas básicas será que se debe luchar para que se reduzca en el mundo el dolor infligido por el hombre. Puedo ver muy bien las objeciones a esta posición: me dirán que el dolor hace crecer a la gente; que la hace más madura, la hace nacer de nuevo, tener un discernimiento más profundo, experimentar más gozo si se desvanece el dolor, y según algunos sistemas de creencias, acercarse más a Dios o al cielo. Algunos de nosotros quizá hayamos experimentado algunos de estos beneficios. Pero también hemos experimentado lo contrario: el dolor que detiene el crecimiento, el dolor que atrasa, el dolor que hace perversas a las personas. De cualquier manera, no puedo imaginarme en situación en que yo me esforzara por hacer que aumentara en el mundo el dolor infligido por el hombre. Tampoco puedo ver ninguna buena razón para creer que el nivel reciente de imposición de dolor sea correcto y natural. Además, puesto que el asunto es importante y me veo obligado a elegir, no veo otra posición defendible que la de luchar para que disminuya el dolor". Nils Christie, Los límites del dolor, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2001, pág. 13

martes, 20 de septiembre de 2016

UN BELLO DÍA DE SOL

Me gusta mucho cuando las cosas suceden inesperadamente. 
Así que el domingo 18, temprano, me fui a Olivos, respondiendo a una convocatoria pública de Bruno Napoli, para transcribir textos de Osvaldo Bayer. Llegué, me encontré con otra gente en la puerta, nos recibió Ariel Pennisi, compartimos mates, y me puse a copiar el artículo que me asignó Bruno, escrito por Bayer cuando tenía 22 años, en 1949, un bello texto sobre Rilke. 

Busqué el mejor lugar para trabajar, donde me daba sol en la espalda, y copié, sonriendo y saboreando la belleza de lo que leía: 

"En mi mesa hay una manzana y un cuchillo. Una manzana roja. Completamente roja. No roja con vetas verdes, ni tampoco roja con vetas color té. Es roja, roja. La voy a tomar pero no llego a hacerlo. No puedo estar en Suabia. No podemos estar en Suabia. Allí no podría comer una manzana roja. No, allí son color pino. ¿Estaremos entonces en Baviera? ¡No! Allí son azules y gotean tinta azul. ¡En Tirol pues!... Tampoco, allí tienen forma de corazón y gusto a canela. Bajamos más, estaremos en Toscana. Imposible, allí son color verde tibio. Ya sé cómo solucionarlo, llamaré a mi madre y le preguntaré dónde estoy y de paso voy a mirar sus pantuflas y su delantal hecho harina. No... para eso tendría que prender cirios pascuales con clavos . Cirios, sí... pero clavos...!"

Un rato de transcripción, un rato de compartir otros textos, como este que Bayer publicó cuando cayó Batista en Cuba: 



Solo eso: estar ahí, armoniosamente reunida con gente a la que no conocía, copiando textos para un futuro libro que reúna la obra de Bayer, disfrutando de la hermosa mañana, esperando los choris y el vino, me hacía feliz. 




Pero cuando ya había terminado, y me puse al sol a revisar el texto con el original para ver si estaba todo en orden, escuché aplausos. Miré, y vi que era el propio Osvaldo Bayer al que habían traído. Los aplausos nuestros, y su aplauso a nosotrxs. No quise ser cholula, lo juro, pero justo se sentó al solcito, ahí donde yo estaba, y entonces me puse a conversar: le conté que estaba transcribiendo un texto suyo sobre Rilke, bellísimo, me dijo que era su poeta favorito; hablamos de fútbol, le pregunté de qué cuadro era (de Rosario Central) le pregunté si había jugado al fútbol, me dijo que sí, de centrofoward, le pregunté si era bueno, me dijo que no, que no metía ni un gol, y entonces lo mandaban a jugar de arquero, pero que una vez estaba atajando y el equipo contrario tiró un pelotazo que le pegó en la mano y entró, y entonces los de su propio equipo lo corrieron varias cuadras porque pensaron que se lo había dejado hacer, pero que no lo agarraron, le conté que mi hijo también era arquero (pero bueno). 

En un momento me dijo: 
Puedo decirte algo, no te vas a ofender?
 Nooo, qué?
Ese vestido te queda muy lindo
Ah! Me lo puse especialmente! 
Hiciste bien!

Brindamos, nos deseamos salud, conversamos, le leí un poema de Rilke del texto que había copiado, le conté de "Masacre en el Pabellón Séptimo", le prometí enviarle un ejemplar, después se acercó el resto, volvimos a brindar, se habló de todas las veces que lo echaron de pueblos, de trabajos, del país; dijo que lo hacía feliz estar con mujeres de ojos vivos y hombres de tan buen humor, nos reímos, volvimos a brindar, comimos choris.




 


Se fue, trabajamos un rato más, leímos algunas de sus cartas, nos reímos a carcajadas con sus ocurrencias.

Me fui, manejando con una sonrisa de felicidad que todavía no se me va.
Y de paso, pero no casualmente: el 18 de setiembre hubiera cumplido 97 años mi papá. Y mi papá me llevó a ver La Patagonia Rebelde en 1974, cuando yo tenía 11. 
El texto que transcribí terminaba así, y yo tuve que leerlo en voz alta para compartir su hermosura: 

"Volvamos a las luces. No a la luz, a las luces. ¡Qué fácil es! No se necesita tener un poeta en las manos ni tampoco muchachas con delantal blanco. A veces de tanto caminar se da con un camino de tierra por el cual se han olvidado de pasar los carros y los jinetes; es ahí donde medimos toda nuestra profundidad con los brazos abiertos. Miramos el cielo y mientras la tristeza nos abrocha los botines, reanudamos el paso llevando en nuestra mochila una voz que nos susurra una vieja canción.

Hay algo entonces que nos dobla hacia la tierra. Los dedos son de barro y el cielo es blanco con rayas grises. Estoy en un rincón de una oscura cervecería. La luz del crepúsculo juega con piezas amarillas en el vacío damero de las mesas. Mi llanto se hace suave como el de un niño. Una cara redonda me hace un mohín y me arroja perlas en las mejillas."

Ya en casa, agradecida y feliz, compartí esta canción: 

jueves, 30 de junio de 2016

Preguntas durante el almuerzo

Almuerzo el guisito de arroz con pibes y pibas de un tercero.
C. me pregunta qué música me gusta.
Silvio Rodríguez, Gabo Ferro, Los Redondos...
¿Spinetta?, me pregunta M.
Sí, pero de esa época, más Charly García.
A mí me gusta Calamaro, acota E., que el año pasado me peleaba todo el tiempo y me miraba con cara de enojadísimo, hasta que -a veces, y solo a veces- dejaba escapar una sonrisa luminosa.
A mí también!, le digo, pero son épocas, antes lo escuchaba todo el tiempo.
Y te gusta bailar, profe, vuelve a preguntar C.
Mmm, sí, pero me da vergüenza, le contesto a ella, excelente bailarina de bachata. Encima un ex que tuve, cada vez que me ponía a bailar, se burlaba.
¡Un pelotudo!, define L.
Los/as amo.

sábado, 5 de marzo de 2016

Conversaciones con #Nieto

Yo le pregunto: "¿Qué es la felicidad?", y Mauricio me dice: "La felicidad es una cosa alegrizante". "¿Y qué es la tristeza?" "Es cuando alguien llora o se le tira nieve, y también caen lágrimas. La tristeza es cuando tú lloras y las gotas de las lágrimas son de agua y caen a las plantas y crecen. La tristeza es cuando tú lloras, o mejor, cuanto todos lloramos. Si los niños lloran, ¡plom!, se explota el mundo" (Conversaciones con #Nieto (5) La Habana, 27/2/16)